Somos muchos, he de creerlo, los que aún recordamos la vieja definición de soneto: composición poética de catorce versos, por lo general de rima consonante, que se distribuyen en dos cuartetos y dos tercetos. Hubo un tiempo en que era el decir poético por excelencia, hasta que en la segunda mitad del siglo XIX, según los tratadistas, irrumpió el verso libre como una tempestad, como un acto de libertad creadora que no deseaba seguir atada a reglas.

Pero, frente al poco más del siglo y medio que llevan surcando el poema los avatares del versolibrismo, hay por delante alrededor de seis siglos (desde el XIII) en que el soneto fue el rey de la creación poética al que todo ejercitante del poema debía adherirse. Seis contra dos no completos todavía. Dicen los que estudian estas cosas, que el soneto surgió en el sur de Italia (sonetto es su nombre original y a su vez este vocablo italiano se deriva de sonus que quiere decir sonido) y se habla de cinco nombres fundadores. Como siempre pasa en casi todo, hay uno que arranca pero que luego se diluye en las brumas del tiempo y solo queda el nombre, otros que dinamizan el proceso y uno o tres que terminan siendo las referencias esenciales. Un tal Giacomo da Lentini, siciliano para más señas, parece ser el que dio forma y nombre al soneto, aunque no aparece, que sepamos, un solo ejemplo para confirmarlo. Quienes impulsaron ese ejercicio de rima y metro fueron los tocayos Guido Guinizzelli y Guido Cavalcanti, que alguna plata se dice que ganaron recreando situaciones y forjando avisperos amorosos frente a ventanas nocturnas. Pero, quien se hizo con el oro y el moro fue Dante Allighieri, de cuyas generales estamos ya todos bien enterados, supongo. Enamorado hasta el tuétano de su querida Beatriz, la convirtió en motivo de su inspiración y sus sonetos surcaron mares por largo tiempo. Político, filósofo y escritor, Dante subió a las atalayas de su época para vislumbrar diferentes caminos poéticos -debió haber sido grande el asombro que suscitaba- y dejar las estelas de ese mar bravío que fue su numen  [“Amor brilla en los ojos de mi amada/ y se torna gentil cuando ella mira:/ donde pasa todo hombre a verla gira/ y a quien ve tiembla el alma enamorada”]. No hemos de olvidar a otro que hasta giras realizaba por los prados más próximos al suyo, el humanista Petrarca, que mientras los ya mencionados, como Dante, lideraron las batallas del romanticismo, en la misma zona de la Toscana por donde crecieron ambos como poetas, junto a Bocaccio, él levantó, sin saberlo, la bandera del renacimiento.

Pero, no nos atasquemos en historicidades. Detrás, muy detrás de aquellos [por el tiempo, no por la calidad], llegarían Shakespeare, Cervantes, Góngora, Marqués de Santillana, Lope de Vega, Quevedo, Calderón de la Barca y sor Juana. Y más cerca, John Done, William Wordsworth, Percy B. Shelley, John Keats y me detengo en uno muy apreciado de los tiempos modernos, Robert Frost. Y todavía más próximos a nuestros tiempos, Amado Nervo, Antonio Machado y Manuel, su hermano, Dámaso Alonso, Guillén, el bueno, Guillén, el malo (vainas nerudianas), Gerardo Diego, Lorca y el vedeto de esta tropa sublime, Rubén Darío.

De ahí donde nos quedamos, hasta hoy, cuentan por centenares los poetas que cultivaron el soneto, tomando en cuenta que cinco siglos es una cuenta extensa y que, lo más importante, en el poco más de siglo y medio después de que la moda cesara, se siguieron escribiendo sonetos, hasta la fecha. En menor proporción, obvio, de forma muy espaciada, con poquísimos ejercitantes, hasta menospreciados por muchos, los mismos muchos que no sabrían tal vez escribir un solo soneto con todas las reglas, aunque sean buenos poetas del verso libre en todas sus facetas. Y hablando de facetas, pasa lo mismo con el soneto, que no es uno, que son muchas las formas que adopta: el sonetillo, el alejandrino, el inglés, el petrarquista, el agudo, el dialogado, el doblado, el encadenado y el soneto con cola. Versos de arte mayor, en endecasílabos, compuestos por once sílabas en total, para seguir la corriente a los que nos enseñaron estas medidas y estas normas. Flexibles, como les gustaba a Shakespeare, inflexibles y dogmáticas, como inducía a practicarlas Petrarca. Que cada uno es cada uno y sus cadaunadas.

Entre los dominicanos, el soneto fue, por varias décadas, un ejercicio casi obligatorio. Un carné de identidad para ser poeta. Hasta los rompedores del verso clásico, los que decidieron atacar con una fuerte infantería al soneto y quitarle su reinado, como Domingo Moreno Jimenes, por ejemplo, escribieron sonetos en sus inicios. Y aquel, que al decir de Rubén Darío se expresaba “madrigalizador y romántico”, el gran Fabio Fiallo que fue el monarca, al que siguieron todos los demás, con corona o sin ella en sus distintos imperios.  Y escribía en “Sándalo”: “Es su espíritu lámpara encendida/ en el callado altar del sacrificio/ y son dos piedras de ese altar propicio/ el duro seno que en su fe se anida. / Ni una vez su pupila enfurecida/ el vértigo sintió del precipicio,/ ni pudo despertarse un solo indicio/ el pecado al rozarla por la vida./ Si pesada es su cruz, nadie lo advierte:/ del tal modo es alígera su planta,/ y, como alondra, cuando sufre canta./ Breve, igual a una flor, será su suerte…/ Y cuando muera, un suave olor de santa/ perfumará los labios de la muerte”.

El soneto ha seguido su curso y “si pesada es su cruz, nadie lo advierte”, puesto que no solo quedan los de Emilio García-Godoy,  Mariano Lebrón Saviñón, Rafael Valera Benítez, Ciriaco Landolfi, Radhamés Reyes Vásquez, los de postumistas, sorprendidos, sesentistas, hasta llegar, aunque parezca insólito, a jóvenes poetas de nuestros tiempos. Muchos, para ser de los de hoy. Los he leído en concursos, en abiertos convites de fronda y tejido, abiertos a esa vieja andanza que ellos construyen como simientes nuevas, como “una sonata de ampliada tesitura”, que diría Ramón Saba, uno de ese grupo.

Algunos me son excepcionales. El maestro León David, que lo mismo sabe armar el poema clásico y moderno, lo sacude con aire renacentista, lo pone a ambular por desiertos desnudos, como igual hace con el soneto con las medidas más audaces, esas que no calzan en cualquier pie forzado. (“Odio esta carne oscura que cual un lazo amargo/ me ata a la tristeza del segundo que pasa./ Detesto esa hermosura azul donde fracasa/ el cielo inescrutable, como un hondo letargo…”) Y otro, como José Báez Guerrero, uno de nuestros escritores más cultos, low profile como poeta y, sin embargo, de un discurrir versificador notable y punzante. Punza lira y sentimiento, y deja un verso digno de la mejor de las suertes. Entra y sale por distintas avenidas, pero sabe cómo se construye un soneto y lo ejerce. Y otro más que admiro y tengo como uno de los escritores más completos de nuestro ramal literario criollo, César Sánchez Beras. Un poeta, un narrador para niños, jóvenes y adultos, un decimero, y en cada apartado, un constructor versátil y maduro. Leerlo siempre es descubrir las raíces de sus cauces, andar un camino donde el espejo anida múltiples reflejos.

Y me detengo en Carlos María Romero Sosa, poeta y ensayista argentino, en cuyo libro más reciente, Diario de Cuarentena, escribí en la contratapa lo siguiente: “Es un poeta cabal. De su estro surgen las palabras como un torrente de agua viva: frescas, limpias, tenaces en su camino y en su sonora calidez. Poeta que no ha renegado nunca de las viejas formas. Su fidelidad al soneto es un canto en sí mismo a los valores del poema como un engranaje sólido que resiste el paso del tiempo, su andadura fértil, su fuerte gravitación sobre la página en blanco. Este nuevo poemario suyo confirma su decir poético alejado de las modas y los aspavientos poéticos de cataduras infames, en no pocos casos. Aquí está vivo el soneto para narrar una realidad y un tiempo gris de incertidumbres varias. Aquí va el sonetista de medidas perfectas, para mostrarnos que esa realidad sólo puede explicarse y superarse desde la fe, con esa fe bíblica que puebla gran parte de su obra. Hombre de esperanza y de firme vía devocional, desde su prosa límpida, desde su verso fresco, casi -diría sin más vueltas- un caso único en la literatura latinoamericana, como sonetista que se sostiene en las raíces clásicas más inolvidables, desde ese Buenos Aires de poetas luminosos y eternos”.

Homenaje a la poesía que me abrasa en su lectura casi diaria y en su historia de azares, fragilidades y sueños, en este texto número 500 desde que comencé a escribir estas raciones de letras en Diario Libre, en octubre de 2012.

LIBROS

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DESDE UN PRADO LUMINOSO | POESÍA COMPLETA

Mariano Lebrón Saviñón, Ediciones de Cultura, 2011, 412 págs. El poeta admirado, cuyo centenario de nacimiento se ha celebrado el pasado miércoles 3 de agosto, sin el reconocimiento debido a su estatura.

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POESÍA

León David, Editora Unicornio, Puerto Rico, 2013 486 págs. Tomo I de las obras completas de este vate y ensayista, que surca las pupilas de agosto con espesura de un bosque. Él es un bosque.

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DIARIO DE CUARENTENA

Carlos María Romero Sosa, Prosa Editores, Buenos Aires, 2021, 80 págs. Hombre de maitines y vigilias, euclidiano que ve marchar el cosmos con sus leyes fijas y observa en el infinito la rutina del vacío.

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DÍAS DE CARNE

César Sánchez Beras, Editora Nacional, 2005, 95 págs. Memoria de un testigo del fluir existencial. El marco del soneto le sirve para trascender la forma de la lírica en un espacio dilatado.

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RECUERDOS DE AFGANISTÁN

José Báez Guerrero, Arte Tuto, 2021, 97 págs. “Como abono en rocas yermas/ hiere su ojo cada verso”. Una lúcida voz aristocrática con este poemario de catarsis que crea espejos de voces.