Expertos de la OMS inspeccionan superlaboratorio de Wuhan que contiene los virus más peligrosos del mundo

Es la visita más polémica de su investigación porque, durante la presidencia de Trump, EE.UU. acusó al Instituto de Virología de ser el lugar donde se creó o de donde se escapó el coronavirus

En la inspección con más morbo de su investigación sobre el coronavirus, los expertos de la OMS han visitado este miércoles el Instituto de Virología de Wuhan. Enclavado en un polígono industrial a las afueras de la ciudad, alberga un «superlaboratorio» P4 con los virus más peligrosos del mundo. Este es el lugar al que Estados Unidos, durante la presidencia de Trump, ha estado acusando de ser el origen del coronavirus, donde sospecha que fue creado genéticamente o de donde se escapó. Pero, eso sí, sin pruebas.

Al margen de esta «teoría de la conspiración», que ha provocado un enconado enfrentamiento entre EE.UU. y China, se trata de un lugar de suma importancia para las pesquisas de los expertos de la OMS. Dirigido por la doctora Shi Zhengli, el P4 almacena coronavirus de murciélagos, entre ellos el que es similar en un 96,2 por ciento al Sars-CoV-2 que ha desatado la pandemia.

Bajo una niebla tenebrosa que apenas dejaba ver el edificio, los expertos de la OMS han llegado este miércoles por la mañana en medio de una nube de medios internacionales congregados a sus puertas, entre ellos ABC. Por lo que parece ser un error de la caravana, no han accedido a su puerta principal por el carril de entrada, sino por el de salida, donde los periodistas estaban apostados para tomar imágenes. Una vez más, la confusión ha hecho que la prensa se abalance sobre la comitiva para preguntarle a los expertos por sus expectativas sobre la visita.

«Esperamos con ilusión tener un día muy productivo y preguntar todas las preguntas que haga falta», ha contestado desde su coche, con la ventanilla bajada, el virólogo estadounidense Peter Daszak. Entre las carreras ya habituales de los fotógrafos y cámaras con los guardias de seguridad, la caravana ha entrado en este enorme recinto.

Entre los jardines, y rodeado por una alambrada con cámaras de seguridad cada pocos metros, el laboratorio P4 se ubica en un moderno edificio de 3.000 metros cuadrados y unas cinco plantas de altura conectado en una de sus esquinas a una torre circular con ventanas tintadas. A tenor de la agencia France Presse, aquí se encuentra el mayor banco de virus de Asia, con 1.500 cepas y también otro laboratorio con un nivel inferior de seguridad (P3).

Con el cuatro como máximo, dichos códigos determinan las medidas de control a la hora de tratar con los virus más contagiosos, como el filtrado del aire y el agua, los trajes aislantes que deben vestir los investigadores y la gestión de los desechos materiales o biológicos con que trabajen, como las cobayas de sus experimentos. Tal y como cuenta su portal de internet, este laboratorio P4 es fruto de un acuerdo firmado entre China y Francia en 2004, tras la epidemia del SARS, para combatir nuevas enfermedades infecciosas. Con un presupuesto de 300 millones de yuanes (39 millones de euros) y el asesoramiento del Gobierno galo y la firma bioindustrial Institut Merieux, fue terminado en 2015, aprobado en 2016 e inaugurado en 2017 por el entonces primer ministro francés, Bernard Cazeneuve.

Operativo desde 2018, el P4 de Wuhan ha colaborado, entre otros, con el Centro Internacional de Investigación e Infecciones (CIRI) de Francia y el Laboratorio Nacional de Galveston en Texas, ya que EE.UU. también participó en su financiación. Además, tenía proyectos comunes con el Laboratorio de Microbiología de Canadá hasta que dos científicos chinos, Xiangguo Qiu y su marido Keding Cheng, fueron expulsados en julio de 2019 por un oscuro incidente que, según algunos medios de ese país, pudo estar relacionado con espionaje científico o incluso con un inquietante robo de muestras.

Con 37 grupos de investigación en disciplinas como la epidemiología, la virología molecular, la inmunología y la microbiología analítica de patógenos y agrícola y medioambiental, el Instituto de Wuhan está especializado en los coronavirus de murciélagos. Su subdirectora, la prestigiosa doctora Shi Zhengli, fue quien descubrió que el SARS, originado en 2002, procedía de murciélagos de una cueva de la provincia de Yunnan, cuyo coronavirus había mutado en las civetas que se comían en un mercado de Cantón (Guangdong), desde donde pasó al ser humano.

Con este antecedente y una coincidencia del 96,2 por ciento del nuevo coronavirus con otro de murciélago también hallado por Shi Zhengli en Yunnan en 2012, todas las miradas se posaron sobre el mercado de Huanan en Wuhan, donde se cocinaban especies salvajes, cuando estalló esta nueva epidemia en China. Como la mayoría de los primeros casos diagnosticados estaban ligados a dicha lonja, tanto la Organización Mundial de la Salud (OMS) como la comunidad científica internacional dan por buena dicha hipótesis debido al riesgo de mutación de virus que entraña tal concentración de especies en pésimas condiciones higiénicas. Por eso, el mercado de Huanan fue cerrado el 1 de enero del año pasado y desinfectado. Pero un estudio de investigadores chinos en «The Lancet» ya señalaba en enero que el primer paciente del coronavirus enfermó el 1 de diciembre y no tenía ninguna relación con ese mercado. Y no solo él porque, de los primeros 41 casos, 13 no tenían vínculos con Huanan, un número demasiado elevado. La cuestión es saber cómo el coronavirus, que se sospecha que procede de los murciélagos, llegó al mercado de Huanan, donde no se vendía dicho animal.

Por la falta de respuesta a dicha pregunta, enseguida surgieron teorías de la conspiración que apuntaban al laboratorio P4, que las ha negado tajantemente. Aunque su subdirectora, Shi Zhengli, reconoció en marzo a la revista «Scientific American» que al principio incluso ella temió que el coronavirus se hubiera «escapado» de allí, asegura que ninguna de sus secuencias genómicas coincide con las muestras que ella tiene almacenadas. «Lo juro por mi vida, no tiene nada que ver con el laboratorio», anunciaba en la red social WeChat la doctora, que culpaba del coronavirus a los «malos hábitos alimentarios de la gente», ya que se sospecha que pudo mutar en un pangolín, una especie protegida con la que se trafica en China.

Aunque los más prestigiosos virólogos internacionales, como W. Ian Lipkin y el español Luis Enjuanes, creen que el coronavirus es natural y no ha salido de un laboratorio, Trump azuzó sin pruebas esta «teoría de la conspiración», seguramente para desviar la atención de su errática gestión de la pandemia. Antes de dejar la presidencia, incluso aseguró que algunos investigadores del Instituto de Virología habían caído enfermos antes del estallido de la epidemia, pero otra vez sin aportar ninguna evidencia. (Abc.es)

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